I
Godofredo ha tenido mala suerte. Murió su novia durante la marcha nupcial. Perdió su fortuna en el último incendio. Naufragó el barco que lo conducía para el reencuentro con su padre. Lo acusaron de homicidio y salió de las rejas libre de toda culpa después de un lustro. Godofredo es hombre resignado. ¿Qué más le puede pasar? Ama a Dios y se perdona. (Hoy, Domingo de Pascua, el sacerdote le negó la hostia).
II
Todo me va mal. Todo me va mal. Y no es por impericia, por falta de concentración, por holgazanería. Todo me va mal. Acabo de descubrir que mi natalicio coincide con el día de la muerte de Adolf Hitler. ¿Se habrá reencarnado en mi cuerpo?
III
Ha muerto la tía Julia esta mañana. Esta mañana nieva y no hay sepelios. No hay sepelios porque el sepulturero del pueblo renunció. Renunció después que violaran a su esposa en el almacén. En el almacén del pueblo todo se sabe. Se sabe que el esposo de la tía Julia no durmió en su casa la noche anterior. La noche anterior, fui llevado a iniciarme en el sexo.
IV
Escapa a tiempo de que una víbora, enroscada en sus botas, suba a la pierna. Cruza el precario puente justo cuando la última soga se desprende. Un tiro de escopeta se dispara y le rasga la gorra. Al llegar a casa, exhausto, la cornisa del portal cae y le quiebra el cráneo.
V
De todos los males, sólo hay uno que acepto con regocijo. No es el de acordarme de mis enemigos. Tampoco el de extraviar la última moneda. Simplemente, me alegra mucho el hecho que, sin ser juglar, pueda cantarle a la vida perdida sin rencores. (Desafinado, sí, como la vida misma).
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