I
¡Hagan sonar las campanas! ¡Hagan sonar las campanas! Que el aire se llene de repiques, de aleteos metálicos, de musicales registros. Iglesias de Valladolid y de Belem, de Chillon y de Segovia, de Toledo y de Ávila, de Lincoln y de Buenos Aires. ¡Hagan sonar las campanas! ¡Que no quede un solo campanario mudo! Los demonios, como murciélagos, aletean en los templos. ¡Hagan sonar las campanas! Que vuelvan los serafines a dormir en las torres.
II
Que alguien sacó las pequeñas almohadas. Que los curas no les tenían paciencia. Que un día los turistas empezaron a sacarles fotos. Lo cierto es que los serafines se fueron. Y también es cierto que las campanas (ni bien los ángeles quedaron en el ayer) sonaron de otra forma. Yo no he visto demonios colgados de las sogas. Pero acá dicen que el sacristán ya no necesita subir al campanario. Que se ha arreglado con un ayudante que nadie ha visto nunca.
III
Suenan a muerto. Y las mujeres de negro salen de sus casas y suben, una a una, las escalinatas. Suenan a muerto. Y el templo se recoge en penumbras. Suenan a muerto. En una celda, el último de los monjes ha expirado. (Al mes, la iglesia abre las puertas como supermercado).
IV
Irma tiene una colección de campanitas. Campanas de silencio, porque nunca las hace sonar. Están dentro de dos grandes vitrinas y equivalen a hermosos recuerdos de viaje. Una noche, en medio del sueño, oye un repiqueteo plural de acordes. Y un estrépito final. Se levanta, y en el suelo, diseminadas, porcelanas, bronces y cristales dan cuenta de un silencio que se ha roto. (Arriba, impertérrita, fiel, la de papier-maché.)
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