I
Manos de tejedora prodigiosa. Telar que llega al techo de lo sublime. Ovillos que anudan la historia de una mujer sin destino. Sólo allí, en ese cruzar de tramas indescifrables y de colores sabios, asienta toda la recompensa a su ceguera.
II
Es encajera, como las de Bruselas. Finas manos, dedos frágiles que jamás ha osado pinchar aguja alguna. Manos para tensar sabiamente el hilo y para hacerlo desaparecer, tras las urdimbres. Encajes para damas y caballeros. Encajes para ventanas y puertas. Encajes para altares y mesas. Encajes para un Vermeer que no llega y que seguirá esperando, ansiosa, por los siglos de los siglos.
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