I
No es fácil escribir un libro de memorias. Están las olvidadas. Y aquéllas otras que uno prefiere no contar. No volver a vivir. Pero yo he resuelto la cosa. Tinta negra para todo lo que se puede leer. Y para lo otro, esa tinta que aparece mientras la pluma se desliza, y que a poco se va desvaneciendo y queda el renglón en blanco.
II
Escribió sus memorias en hebreo. Una lengua patriarcal, milenaria. Como todas las lenguas, le responden. Pero él siente que no es así. Es la lengua en que se expresó Cristo. Y él sabe que sus memorias –tarde o temprano- serán leídas en las tribunas, y levantarán pueblos, y emanciparán regiones y curarán almas perdidas. Cuando alguien halla el libro, los caracteres resultan indescifrables. Y el mesías va directo al fuego.
III
Mi vida es un pentagrama. Memorias y olvidos. Corcheas de amor y semicorcheas de odios. Partitura para una orquesta que no tiene batuta. Polifonía absurda para el desacuerdo de metales, cuerdas y maderas. Mi vida es un pentagrama. Y a este blooper lo termino hoy mismo.
IV
Mi vecina ha perdido la memoria. Yo trato de ayudarla: he preguntado al farmacéutico, a las maestras de la escuela, al párroco. Nada. Hoy me he dado cuenta de que, de tanto darle de comer a las aves, se le cayó en el gallinero.
V
El jarrón de Sévres y el macetero de Capodimonte están, de niño, en su memoria.¿Por qué?, se pregunta. Eran bellos, pero esa no es la razón. Una noche sueña que el abuelo, siempre galante, le regala el jarrón a una bailarina nipona. Y que la abuela, siempre tan justa, le rompe la porcelana en la cabeza de su consorte.
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