I
En esa guerra de vecinos no ganó nadie. Se perdieron años de convivencia, sí, y se acabaron los saludos. Tampoco sacaron más la ropa a asolear en los balcones. Y retiraron las macetas, para que no las disfrutaran los de enfrente. Los chicos empezaron a jugar con sus propias sombras. El amor fue palabra olvidada. Se secaron las ilusiones. (También cerró el despacho de bebidas). Pero el perro aquél siguió ladrando…
II
Ya conté lo de la guerra de las hormigas contra el ejército de albinas que irrumpieron en el resumidero. Pero hay desequilibrios peores de la naturaleza. La guerra indisociable de los camellos travestidos de caballos, contra los asnos del desierto. Guerra de clases donde se jugaba un prestigio. Perdieron los camellos travestidos, porque ahí las jorobas no les sirvieron para nada.
III
Hoy han matado palomas. Cientos. Cientos de cientos. El suelo no basta para albergar esas alas sin nubes. Eleuterio piensa que no es un tóxico. Tampoco una epizootia. Comienza dulcemente a recogerlas, una a una. Cuando ya se va acercando al último centenar, se horroriza. Cada una de ellas, cada una, corresponde a un poeta que abjuró de la poesía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario