I
Al morir el abuelo, cerramos sus cajones con llave. Nunca más fueron abiertos. Siempre me inquietó ese silencio profundo que se hizo sobre él. Vendida la casa, me quedé subrepticiamente con el mueble. Fácil fue entrar a esos cajones. Pero de ellos no he vuelto a salir más. Estudios sobre Satanás, sobre el Lucifer de las profundidades, sobre el príncipe de los ángeles rebeldes, no me dan reposo.
II
Murió el conejito y la niña arma en el jardín una tumba de tierra apisonada. Va a poner una cruz encima y su madre se lo prohibe. Piensa en todos los conejos del mundo huérfanos de toda piedad. Y jura que, cuando sea mayor, fundará un geriátrico de conejos desamparados.
III
Mañana moriré. Y al día siguiente se da el gusto. La llevan como una Desdémona, con su largo pelo suelto al viento. Al entrar al camposanto, dos hombres se interponen al cortejo. No será sepultada. ¿Es acaso catalepsia? pregunta alguna voz. No: es una infiel a la vida. Y el cortejo da la media vuelta.
IV
Dicen que los hombres somos seres de un día. Todo pasa rápido, sí. Pero también somos seres de un siglo. O de un mes, como le sucedió a Clarisa. La anotaron mal, confundiéndose un tres con un ocho en la década de su nacimiento. Y si bien murió a los cincuenta, el registro de los libros tiene escrito niña de un mes fue sepultada.
V
A las culpas no las entierra nadie. Las culpas no mueren,.sobreviven siempre. Lo sabe Rosaura, que mató a un perro hace once años y todavía le aúlla las noches de luna llena.
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