I
Cuando Eulogia me llamó del otro mundo, no me di cuenta que lo hacía desde la habitación de al lado. Había vuelto a casa, pero estaba desesperada. Gritaba y lloraba, lloraba y gritaba como si estuviera con toda la sangre adentro. Al final, le entendí lo de la farmacia. Urgente, antes de irse, que fuera a comprar algún somnífero. Dos años, más de dos años, sin poder pegar los ojos…
II
De Villa Borghese recuerda, claro está, los jardines y los mármoles de Antonio Canova, las telas de Antonello da Messina y de Sandro Botticelli, las vírgenes de Bellini. ¡Y el Baco de Caravaggio, cómo no! Pero hay algo que quedó fijado para siempre: el guardia ciego avanzando por las salas, avanzando rápido hacia él y ordenándole a viva voz apague su cigarrillo, salga y no vuelva nunca más.
III
Su oficio es coreuta. Canta en todas las lenguas con la misma pureza, con la misma altura vocal que tienen los ángeles (sí, los que cantan). Y se siente tan transportado, tan feliz de cantar, que comienza a hacer algo que no es bien visto por nadie. Vocaliza musicalmente todas las preguntas, todas las respuestas. Le canta a su mujer hasta cuando hacen el amor; y le canta al almacenero, al efectuar el pedido. El primer día de enero, después de las fiestas, una ambulancia lo lleva al refugio de orates.
IV
Lo primero que articuló, antes del año, fue la palabra jazmín. La familia, maravillada. Pasada la adolescencia, ingresó en la carrera de arquitecto paisajista. De ahí, la abuela reiteró hasta la muerte que hay vocaciones tempranas.
V
Si no le dicen conde Arcadio, él no se da vuelta. La nobleza obliga a respetar a sus ancestros. Y Arcadio camina por la vida desentendido de toda obligación o compromiso. Sabe muy bien que está ligado sanguíneamente a esa palabra que destaca su nombre, su patronímico, su prosapia. Una voz ha calificado su existencia. En la lápida final, Arcadio Gómez.
VI
Adora Sibelius. La suite Karelis y Pélleas et Melisande suenan todo el día en la casa. Y la suite Finlandia, por supuesto. Adora Sibelius. Y no lo comparte más que con sus gatos. Los perros aúllan, no saben nada de música. En cambio los gatos hasta entrecierran los ojos –lo ha comprobado- para escuchar mejor.
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