I
Hay traidores que se salvan, qué duda cabe. Hay traidores in pectore que no llegan a concretar la traición. Hay traidores innombrables y traidores inmortalizados. Hay traidores que se traicionan a sí mismos, en la impavidez. Hay traidores que no subirán nunca al cadalso porque se perdonan a tiempo. Lo digo por usted, y no se ofenda.
II
Busca a Carlos V en las salas del Louvre. Se le interpone Francisco I. Y después Catalina de Medicis. Tanta realeza lo marea. Deja a Carlos V a un lado y, sin proponérselo, sale a los grandes patios y se abraza a la desnudez de un apolo cualquiera.
III
En el museo de Cluny tornó a descubrir la verdad del unicornio en su laberinto. En su laberinto de nudos, de tramas cerradas, de flores turgentes. La verdad de una mitología para ser escuchada por los ojos., Sólo por los ojos…
IV
Piensa Alexis que su poética está a la altura de un Henri Michaux. No es exagerado. Porque alturas busca y resuelve con sus ardides. Hoy tiró sus últimos poemas desde la Tour Eiffel. Y mañana hará lo propio desde el último piso del Palacio de las Naciones. Una manera de trascender…en las aguas del Sena.
V
Las calles de Chelsea son raras. A veces las caminan ancianos y niños. A veces, gnomos de quién sabe dónde. Ayer me topé con el espíritu de Lord Byron, todo raído.¡El, que siempre fue tan elegante! Por eso digo que las calles de Chelsea son raras.
VI
Si tuviera que hablar con Chesterton, no sabría qué decirle. Es impropio, pero no acepto las paradojas. Me inclino a las boutades, que son más singulares y llevan irremisiblemente a la risa. ¿Acaso Gilbert K. sabe lo que es reírse a mandíbulas llenas?
Sólo el sarcasmo, creo. (No sabría qué decirle, porque no sé ni una palabra de inglés).
VII
A pasos de la sacristía duermen dos demonios desde hace días. El sacristán los deja: son murciélagos, dice. Una beata lo advierte y –sin preguntar a nadie- comienza a llevarles la ración diaria de comida. Por si acaso.
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