I
Cuando llegó la pantera albina, el circo cambió. El canguro boxeador fue sacado de programa, por celos. Pero aparecieron los monos payasos, que suplantaron a los verdaderos. Las mulas contorsionistas. Los tigres con sus habilidades malabares, Y el elefante, que dejó de pararse en una sola pata para arriesgar equilibrio en la cuerda floja. La ecuyére fue la primera en irse. Y los malabaristas denunciaron el hecho a la justicia federal. No hubo sanciones.
II
El circo de los Romanoff cierra sus puertas. Mejor dicho, su carpa. Últimamente no se acercan ni los chicos y sólo alguna futura madre lo hace para alegrar al gestante. El dueño que todo se debió a la muerte de los trapecistas. Pero la verdad es otra: el circo no funciona porque un maleficio le ha caído encima, desde que grabaron bajo su lona aquél culebrón para la TV.
III
Circo como ése no había otro en la región. Las aguas danzantes lanzaban pececitos sobre el público. El trapecista –boca desmesurada- recibía a tiempo los caramelos arrojados de platea. Desde las populares, volaban pedazos de bofe a las gargantas de los leones. Mayor comunicación, imposible. Por ello, su dueño abolió el látigo. Justo el día antes que los de la popular dejaron de arrojar la ración acostumbrada.
IV
Después que filmaron aquélla película en que Marcello Mastroianni se enamora de una enana ecuyëre, aparecieron varias muchachas acondroplásicas por el circo. Todas buscaban conchabo. Y a todas se les respondió lo mismo. No era por discriminación: tan sólo que por allí no había ningún galán maduro para ofrecerles.
V
Recuerdan, quizá, un par de historias de la ecuyére ciega. Bueno: recuperó la vista. Con tan mala fortuna, con tan mala, que coincidió con un contrato para hacer un papel en la televisión mexicana.
VI
La ecuyére que recuperó la vista está desolada. No sólo por lo de la telenovela. El caballo blanco, de largas crines, que soñó montar todos esos años, es un tordillo retacón. Y a más, torpe. De viejo, le han aparecido cataratas en ambos ojos,
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