I
Del infinito no sólo caen meteoros. Y esas raras lluvias medievales que han quedado hoy para los incunables y codicilos. También caen mensajes cifrados, que hay que saber entender y recepcionar a tiempo. No es de volcanes esa ceniza que inunda mi jardín y entra por puertas y ventanas. No es de volcanes. Sé que las almas incineradas poseen sus códigos. El fuego (no el eterno), les ha calcinado su capacidad de volar.
II
De los equinoccios poco sé. Y de los solsticios, menos. Pero aquí estoy, en algún lugar del mundo donde las estaciones están alteradas. Y el sol aparece cada tanto. Y uno no se conforma con la luna. Y con algún meteorito que Dios manda (o esas apariciones fugaces de astrónomos trasnochados que, de tanto mirar telescopios, se los tragó la estratósfera).
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