I
Está atrapado. Fuertemente atrapado por la idea de venganza. No lo deja dormir, no lo deja comer. La idea de volver a su pueblo, buscar la casa donde nació hace noventa y ocho años, y con la fuerza que le dan sus huesos y sus débiles cuerdas vocales, preguntar dónde queda ahora la casa de la maestra que lo aplazó dos veces.
II
No hay venganzas dulces. Todas son ásperas, en el fondo. Corroídas. Le ha roto todos los vestidos, todos, a la muchacha que ahora sale con Ovidio. Las tijeras a su alcance no le bastaron para producir el estropicio. Hoy se cruzó con los dos enamorados: ella vestía una camisa holgada y un pantalón de su amado…
III
En aquél encuentro que tuvieron Napoleón y Churchill en el purgatorio, salió airoso el inglés- Pero el otro juró una venganza bonapartiana. Alistó mentalmente sus tropas, las alineó en círculo, y antes que el del habano reaccionara, les ordenó que lanzaran en su honor una salva de flatos.
IV
Hueca de toda razón, esa venganza se volvió en su contra, como un bumerang. La infidelidad de él fue correspondida con su propia infidelidad. Pero ahí, con el otro, se enteró que el amor de Pedro era una mujer inflable. Yo se la vendí.
V
Hoy se vengará de todas las mentiras. Las encerrará en una bolsa de consorcio y las tirará al mar. Sabe que le quedará una, la de su vida impostada, pero saldrá adelante. No es imposible ser travesti.
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