I
Cristóbal Brazolargo duerme sobre sus culpas. Son sencillas, casi inocentes, pero él las ve enormes, desmesuradas para su corta vida. Piensa que ya no puede seguir así. A los dieciocho años se siente un hereje. Abre todas las pajareras. Libera a los cerdos. Echa al orgulloso faisán. A la noche siguiente, sumido en dulce sueño, dos colibríes dejan gotas de néctar sobre sus ojos.
II
Acabo de arrojar el último poema de amor que él me escribiera. Un leve remolino lo tragó. También tragó nuestro amor su suicidio. Y no quiero guardar más tantas palabras, tantos juramentos. El se fue y yo también me he ido para siempre de su amor. Las culpas están compartidas. No lo lloraré y ya le devuelvo todos sus poemas.
III
El tres es el número que corresponde al Cielo. El cuatro, a la Tierra. Entre uno y otro, sobrenada la duda. La duda innumerable. ¿Qué sucede cuando, sumando siete, los vínculos de la existencia no pueden ligar el bien y el mal y mandan al infierno las culpables matemáticas?
IV
Al desaparecer la última prueba lo absolvieron los jueces, no Dios. Aquí empezó a pesar la culpa, que se multiplicó en otras culpas, que se erizó en un arco puntiagudo de angustias e insomnios. Al fin, se presentó al tribunal. Confuso. Y ahí los propios jueces le pidieron perdón, por no haberlo absuelto antes.
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