I
No hay peor heroísmo que el que se pregona. En cambio, los héroes que no se cotizan sí que importan. Adalberto Dumas es héroe sin saberlo. Y no lo sabrá nunca. No ha salvado a nadie, ni le cruzó por la cabeza reivindicar grandes gestas. Simplemente, Adalberto acaba de invitar a la mujer más fea del barrio, a la que nadie saluda, a la que todos evitan porque huele mal, a tomar el té a su casa.
II
Hay héroes pequeños, que no molestan. Héroes que nunca tendrán monumento. Héroes de carne y hueso, no de bronce. A ellos me remito cuando necesito tranquilizar mis ánimos. Estoy subido a una altura de vanitas vanitatum en que los coros no me permiten darme cuenta que, ni tan siquiera, he calzado mis zapatos. De charol, por supuesto.
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