I
Pocas alegrías como las que me da mi nieta. Me permite jugar con ella. Volver a hablar como un niño. Cantar canciones infantiles que había olvidado. Subir a los caballos de la calesita. Comer todos los caramelos, sin que me reten por eso de la diabetes. Ayer, la escuché decir con tristeza a su mamá: El abuelo es un egoísta, quiere volver a ser niño. Y me asusta: hoy comenzó a gatear.
II
Nada como su jardín, para sentir alegría. Las floraciones estacionales, los esquejes y podas, los almácigos y riegos, los cambios de tierra y los abonos. Nada comparable a toda esa suma permanente de estímulos. (Aunque a nadie confiese, a nadie, que lo que más le alegran son las subrepticias conversaciones con los gnomos: no los de cemento, los otros).
III
De tanta alegría junta, olvida que esa noche le toca guardia en el hospital y lo despiden. De tanta alegría junta, no acude al parto del primogénito y su mujer se divorcia. De tanta alegría junta lo echan del albergue por no pagar. (Tanta alegría junta sólo lleva al infortunio).
Leyendo estas Alegrías, me ha venido el temor de sufrirlas...
ResponderEliminarPero aparte de ello, ha sido maravilloso leerlas.
Gracias
Sabeli C