I
De la zeta etrusca a la griega. De la latina a la egipcia. De la zeta gótica a la jónica. De la española a la americana. Mi ceceo se las conoce a todas. Y aún así –entre burlas que desoigo- sigo aprendiendo.
II
Escribió y publicó La historia del huevo Evo. Y se la dio a un distribuidor. Al comienzo las noticias fueron concretas: no había buenas ventas. Después fueron más drásticas: no había ventas. Decidió rescatarlo de las librerías. Y ahí fue cuando su sorpresa tomó mayor tamaño: se había vendido un ejemplar. Desde entonces, buscó por Inglaterra y por Escocia al lector de su obra. Ni al morir supo que la lectora era su nieta mayor.
III
En Tandil, la ciudad de la piedra movediza que se volvió a emplazar, se estrena Rey Lear, de Shakespeare. Hay un buen público, pero pocos saben lo que van a ver. De Britania y del rey legendario, nada. De pronto, en medio del espectáculo, alguien grita, al ver caer de bruces al actor de su trono de utilería: ¡Le prestamos la piedra!
IV
Le manda carta a Jean Cocteau para contarle que está escribiendo su autobiografía. El francés le responde que está haciendo lo propio. (En realidad, ya lo sabía por la prensa. Lo que quería, en fin, era obtener un autógrafo). Alentado hace lo mismo con Colette, pero ésta lo manda al infierno: toda su obra es autobiográfica, imbécil.
V
Como Güiraldes con El cencerro de cristal, tira toda la edición al pozo. No se lo dice ni a su mujer, pero presiente que es lo mejor. No podría leer una crítica adversa. Y si no hay lectores, se suicida de las letras. Cuánto perdería el Parnaso…
VI
Céline es amigo de mi padre. Le ha amargado la vida. Y como papá no es lector, le dice oralmente todas las frustraciones existenciales juntas. Lo hace con palabras que son cal viva. Ayer, finalmente, Céline mató a mi padre. Le dijo, de la forma más cruda, que era mortal.
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