I
Flores de heliotropo, jazmines secos, caléndulas impertérritas. Y tréboles de cuatro apéndices, perfectas hojas de roble, pestañas de lino…El herbario crece en su secreta virtud de permanecer inalterable y frío. Un día su custodio pierde el equilibrio. Toma una regadera y comienza a echar agua y más agua sobre las páginas contenedoras. Algunas hojas caen, los papeles se humedecen para siempre, los jazmines lloran.
II
Mi abuelo me regaló su herbario. Me gusta, pero no logro agregarle una sola de las hojitas que voy juntando. Las tengo encerradas en una gran caja de cartón, todas mezcladas, sin jerarquía. Un día me rebelo. Sé que no me lo perdonará, pero libero de las casillas de pétalos y pistilos a toda su colección de miles de especies. Abro la ventana y un ejército de libélulas sale a volar por el campo.
III
Luis de Irazábal armó un herbario a fines del siglo XVIII. Lo donó al museo de los padres franciscanos de Guimaraes, en Portugal. El herbario –cerca de un millón de especies- estuvo en exhibición casi doscientos años. Al cerrarse el museo para siempre, un fraile cava un pozo y devuelve las hojas a la tierra. Alguien se lo comunica a Luis de Irazábal y éste jura que nunca más donará nada.
IV
Entre las páginas de poesía, en los libros de historia, en los de geografía, están prensadas mis hojas, mis pétalos de amapola, las minúsculas semillas y los frutos grises de innúmeros viajes. Los recogí en silencio. Entre las páginas, continúan en silencio. Ritual de viajes con sandalias de viento. Y sin embargo, ritual de dorada magia.
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