I
En el segundo laberinto se extravió. Ya no estaba el unicornio para guiarlo y él presintió que este otro conducía a la muerte. No se equivocó del todo. A los once días lo hallaron falto de razón, sin poder articular palabra y con los ojos desorbitados.
II
Borges sale de su casa de calle Maipú y al llegar a la plaza San Martín advierte que han levantado un laberinto de carteles publicitarios. Los mira, los mira con curiosidad, sin descifrarlos. El sólo sabe leer libros.
III
Nada como perderse en un laberinto de palabras. Por ejemplo, en una declaración de amor en la que no están muy claros los argumentos. Ella entiende que, en verdad, él tendría que decirle que la ama. Pero insiste e insiste, y se enreda en un oscuro callejón para la burla.
Hermoso texto, el laberinto del amor, confundido en las palabras. Rita
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