I
Pinta el retrato de la duda. El es la duda. Siempre indeciso, compulsivo, cargado de miedos que no logra controlar, aunque lo intente. No sabe si pintarse con los ojos cerrados. O sin orejas (no sabe escuchar). Finalmente, pinta de azul oscuro una gran interrogante sobre la tela. Y queda conforme con el autorretrato.
II
En el taller hay numerosos retratos. Todos acabados ya, esperan el baño final de los barnices. ¡Cuántos pedidos ha tenido! El me mira, silencioso. No ha tenido pedido alguno, responde al fin. ¿Y esos hombres, esas damas? Son mis sombras. Las que me han perseguido toda la vida con consejos, con críticas, con censuras. Pero no llegarán al barniz, lo juro. Mañana mismo las quemaré. Sin culpas.
III
Como una Venus de Velázquez, como una maja de Goya, quiere que la retraten. Posee un cuerpo hermoso, perfecto. Pero velará su rostro, lo único que pide. Aunque le quede el recurso de bajar la mirada ante los pinceles, la posteridad no sabrá nunca de su estrabismo convergente.
IV
El señor del castillo alto le pide un segundo retrato. No sabe qué solución distinta ofrecerle, ya que el anterior lo hizo hace menos de un lustro. El hombre está viejo y quiere trascender, sin duda. Lo empieza a pintar con entusiasmo, después con fervor. Cuando llega a las manos, entrelaza, desprovistos de piel, huesos de carpo, metacarpo y falanges. Y se lo muestra.
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