I
Aquí yace un hombre sin culpas. Un hombre que aprendió a sonreír al infortunio. Un hombre que prohijó desdichas ajenas. Aquí yace un maestro de la paz interior, que no alcanzó la propia.
II
Al sentirse morir, escribió más de diez epitafios para que esculpieran en su lápida. Finalmente, la familia anotó con tiza, sobre el cemento, el que indicó su compañera: Hizo lo que pudo.
III
No hay otro epitafio para esa mujer que enloqueció de amor. Ella nunca hubiera aceptado más que esa palabra: Alfredo.
IV
Aquí yace la esperanza de un hombre que lo que esperó de la vida lo halló en la muerte. Pax. Aquí yacen, en él, los corazones de todos los hombres.
V
Este cuerpo que aquí yace no tiene calma. Todas las voces despiertan su infortunio. Todos los silencios encienden su desazón. Murió por resistir a la felicidad.
VI
y se los entrega al hombre viejo. Nunca se enterará, nunca, que la llaman la loca de las cartas. Su rito, igual, está cumplido.
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